En una nota periodística determinada, ¿cómo pueden, por ejemplo, una oficina de comunicación, una reportera, un editor y un medio privilegiar noticiosamente el robo de dinero y cable eléctrico sobre la agresión sexual multitudinaria de una mujer, además de justificar la golpiza de la que otra fue víctima?
«Los problemas o distorsiones de la manera como se informa acerca de las mujeres y la violencia de género […] deben buscarse en cada una de las rutinas de la cadena de producción de noticias», propone Marco Lara Klahr al revisar el papel de los medios informativos como reforzadores y legitimadores de la violencia de género.
Esas rutinas están determinadas por un «modelo mental» de los periodistas, que aprenden su trabajo como usos y costumbres más que bajo estándares profesionales; un enfoque noticioso «hormonizado», donde prevalecen los hombres como emisores y actores de los sucesos; un discurso gubernamental guerrerista, y la rentable dependencia de las empresas mediáticas respecto de la información gubernamental.
Con fortuna, existen recursos para la profesionalización de los enfoques, las agendas y los contenidos noticiosos, que exigen el involucramiento de los comunicadores institucionales, los medios y los periodistas, y dan un nuevo sentido al ejercicio periodístico, basado en la ética y la responsabilidad social.
Lo deseable, en última instancia, es que mediante dichos recursos «la aspiración explícita contenida en el título de la Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia dejara de ser pura retórica» ─concluye Marco en este ensayo de próxima aparición en una antología y cuya primicia comparte con nosotros.