Christian Poveda tenía una mirada ambigua: a simple vista parecía la de alguien tímido y huidizo, pero enseguida, conversando, se revelaba como la de quien era él en realidad, un foto-reportero y documentalista (un “cámara”, dicen los españoles) experimentado en el reporteo callejero, rudo buscador de las historias y cuitas fundamentales de la gente, acosado por las contradicciones y disyuntivas existenciales que impone todo el tiempo la profesión periodística cuando se ejerce más por las brechas de la vida en conflicto permanente que desde los escritorios.
El miércoles 2 de septiembre pasado, al mediodía, lo asesinaron en Tonacatepeque (El Salvador), a media calle, disparándole cuatro tiros en el rostro, al cabo de una persecución callejera y una súbita discusión.
Hay mucha especulación sobre el lamentable final de este estupendo y valiente periodista franco-español, nacido hace 55 años en Argelia. Palabreros de la Dieciocho salvadoreños nos avisaron que una clica poderosa lo acribilló porque violó un acuerdo con esta pandilla según el cual le permitirían filmar en la cárcel las escenas que constituirían luego su documental La vida loca (Francia, México, España, 2008), siempre que éste no se proyectara en El Salvador ─las muertes posteriores de protagonistas del documental una vez que se conoció en El Salvador muestran que no era una condición paranoica.
Nada justifica su asesinato. Además, algo que Poveda no podía controlar es la piratería: poco después de presentado en México el documental, en marzo pasado, el crimen organizado abasteció de copias ilegales los puestos callejeros de las principales ciudades salvadoreñas. Luego, quizás un poco como reacción defensiva y otro poco por afán lucrativo, la Dieciocho impuso al ambulantaje un absurdo «impuesto» de 4 dólares por copia vendida. Y así, hasta su asesinato.
La vida loca, que tuvimos la honra de presentar en marzo pasado, en la Universidad Intercultural de San Cristóbal de las Casas (Chiapas), compartiendo mesa con Sonja Wolf, Ramón Martínez y Juan Polenz, es una muestra de toda su obra: no hay otra pieza cinematográfica que retrate con tal integralidad el mundo interior, y muchas veces íntimo, de la Dieciocho en La Campanera, barrio marginal de Soyapango (El Salvador).
Poveda deja un legado en fotografías y documentales que enriquece ya el acervo del periodismo global, hecho además con impecable talento, intuición, ética y responsabilidad social. También deja una enorme tristeza. [Marco Lara Klahr]