| « El rumor como arma arrojadiza | ¿Se volvió loco Granados Chapa? » |
Había escuchado varias entrevistas donde Isabel Miranda de Wallace elogiaba El caso Wallace. Una historia real de justicia personal, indignación y amor de madre, tras el secuestro de un hijo, [Aguilar, 2010], reportaje de Martín Moreno que la propia activista proveyó de información, prologó y luego presentó al público.
En una época en la que a los periodistas se nos denuesta hasta en la calle y en la que nuestra profesión goza sólo esporádicamente de buena imagen pública, me entusiasmó que alguien con tan «buena prensa» reconociera el trabajo de un colega; se me hizo una necesaria y justa reivindicación del periodismo digno.
Hasta que un día invernal, con ira en la voz, Brenda Calderón me puso el libro en las manos, de golpe, soltando un imperativo «Tienes que leerlo», o algo por el estilo.
Aunque sin precisar fuentes, Moreno revela aspectos sombríos del secuestro y asesinato de Hugo Wallace Miranda, pero su reportaje destaca ante todo por su persistencia para denigrar a las mujeres, página tras página, con un estilo periodístico rancio, rebosante de clichés machistas y sexistas en el que nadie parece haber reparado —aparte de Brenda.
En la cultura política mexicana predomina la idea de que alguien imputado de delito deja de ser sujeto de derecho y puede entonces sometérsele, con impunidad, a todo tipo de degradaciones, incluidas las periodísticas. Tal vez por esto, y porque no solemos revisar los libros de los que hablamos, durante las entrevistas ningún periodista hizo notar a Moreno o a Miranda de Wallace ese tufo misógino del reportaje.
El meollo machista aparece desde que, al referirse a un joven amor de Hugo Wallace Miranda, el periodista narra que éste «pronto conoció el sabor amargo de la decepción amorosa […] Ese ángel con forma de mujer también sabía hacer daño». Esto habría provocado que dejara «de tomar en serio a las mujeres», las cuales, sin embargo, en virtud de su «naturaleza» de «seductor», fueron «su debilidad». Tanto, que «Esa misma debilidad por una mujer, años más tarde, lo conduciría a la muerte» [p. 22] —qué fuerte.
Enseguida se nos viene encima una sucesión de escenas donde las mujeres son desde objetos de uso, posesión y cambio, hasta seres básicamente genitales e intrínsecamente pérfidos —excepto la madre, ante quien Hugo se transmuta en Edipo: «La pasión de Hugo por las mujeres, trascendía el aspecto físico sensual y sexual del vínculo. Ellas representaron mucho en su vida: desde el inagotable amor que profesaba a su madre… La figura femenina era el activo de su alma, bajo cualquiera de sus formas» [p. 27].
Hugo «Tenía la fuerza de un toro, amansado por las dulces caricias de Ivonne […] enloquecía, dominado por la pasión de aroma de mujer, de la descarga eléctrica que provoca en la entraña varonil el roce con la piel femenina, del timbre de una voz diseñada exclusivamente para desquiciar a un hombre…» [p. 22]. Tenía «tres pasiones», «el vértigo de las motos, la intensidad del futbol americano y el volcán de las mujeres […] Las tres, con sus propias reglas, tienen en común altas descargas de adrenalina» [p. 27].
La trama evoluciona entre «hembras guapas» [p. 29], «casquiveletas» [p. 103], «voluptuosas» y «zorrunas» [p. 146] de «habilidades zorrunas» [p. 171], «sin límites», «de piel lo suficientemente dura para resistir la vida criminal» [p. 155], con «Un liviano despecho, impulso de mujer» [p. 80], movidas por un «impulso de enfado femenino» [p. 80], expertas en «exprimirlos [a los hombres] al máximo» [p. 156], que se mimetizan en un paisaje de «Música, luces de neón, escotes y cocaína…Risas y minifaldas» [p. 87].
Tal elenco incluye «una monga perversa, facha de zorra» [p. 164] y «paisanas latinas… que utilizaban el lugar como plataforma para pescar un buen partido, dejar de apestar a cebolla y mostaza y presentarse, como toda una gringa señora, ante la sociedad estadounidense» [p. 162].
Hay episodios, como el siguiente, donde se hace apología del rufián con su cohorte de «hembras» malévolas, de ese «león macho al frente de la manada [que] necesita de sus hembras y también a su sirvientes» [p. 145]: «Y allí están los cuatro, divirtiéndose, pagando los whiskys con dinero ganado con base en su esforzado tra¬bajo. Porque secuestrar no es fácil. ¿Quién chingaos lo dice? Y matar menos. Hay que tener muchos huevos para hacerlo. Criminales de corazón, bellezas al servicio de la maldad» [p. 89].
A tono con una práctica del periodismo mexicano, lo mismo que a las mujeres y otros imputados de cometer este crimen, Martín Moreno sataniza y denigra también a la víctima: Hugo Wallace Miranda aparece como alguien que sucumbe a su descontrol de adicto a las mujeres y la adrenalina —y no, como sucedió, a la ambición y crueldad de un grupo homicida luego amparado por la ineficiencia y la corrupción del sistema de justicia penal mexicano—. Y esta perspectiva es avalada, paradójicamente, por Isabel Miranda de Wallace.
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