«La tarea del buen periodista no es solo localizar el arma humeante, sino clarificar también, transparentar, el por qué fue disparada» [p. 11]. Esta idea de Johan Galtung debiera ser una obsesión para nosotros, reporteros policiales y judiciales, anclados sin embargo en la práctica cuasi-medieval de los «tribunales paralelos».
Desde noviembre de 2010, con Thomas Manz, el representante de la Fundación Friedrich Ebert en México (Fesmex), conversamos sobre cómo, en el actual contexto de violencia criminal e ilegalidad generalizadas, podría propiciarse un ejercicio donde los periodistas avanzáramos comprendiendo que la construcción de la paz nos necesita y que en este caso es crucial nuestra articulación con organizaciones civiles.
A partir de febrero trabajamos duro en esta idea, que luego se conectó con el tema del Premio Alemán de Periodismo Walter Reuter 2011: «Acciones ciudadanas por la paz social», resultando el Foro-Taller Medios y acciones cívicas por la legalidad y la transformación pacífica de conflictos [junio 23-24, 2011], auspiciado por Fesmex y el Centro de Competencia en Comunicación para América Latina, aliados con Artículo XIX y el Proyecto de Violencia y Medios de Insyde.
Enorme experiencia. Desde el principio, una vez más fue aleccionadora la rigidez de periodistas que rechazaron la invitación. Tengo décadas combinando mi trabajo de reportero con el de activista por nuestra profesionalización; sé lo que cuesta mover a un colega más allá de los referentes mentales que nos impone la alienante industria de las noticias.
No me sorprendió, entonces, que los colegas que definitivamente no aceptaron acudir al Foro-Taller fueran justo los de Proceso y La Jornada: muchos parten del pensamiento mágico –alimentado por sus verticales empresas– según el cual basta situarse, de manera real o ficticia, del lado ideológico correcto, para ser buenos periodistas.
Me sorprendió, en cambio, la reacción de cierto editor de uno de los diarios más influyentes del Distrito Federal al ser invitado: después de expresar su gratitud y evadir una respuesta clara, preguntó con tono de reproche si habíamos hecho ya la invitación de manera oficial a su medio, pues tal es, para él, el procedimiento normal.
Y es que los periodistas adscritos a una empresa noticiosa solemos pensar y sentir que a ella nos debemos y que fuera de ella no valemos; esto nos hermana gremialmente con policías y militares; es algo más complejo que el esprit de corps, es un sentimiento de orfandad, minusvalía y consecuente gratitud sumisa.
Al final seleccionamos para cursar el Foro-Taller a 22 periodistas y 18 activistas del Distrito Federal, Estado de México, Guanajuato, Morelos, Guerrero, Puebla, Veracruz y Oaxaca, de cuando cuatro generaciones, y nos encerramos dos días en un centro de estudios al sur de la ciudad, propicio para inducir un proceso intensivo de reingeniería personal-profesional.
«El periodismo cívico es un tratamiento de la información basado en la complicidad y corresponsabilidad del medio con los problemas de una colectividad completa» [p. 113]. Esta visión de Manuel López –lo mismo que la de Galtung–, nos guió en el camino, tanto como las charlas, mesas de reflexión, dinámicas y talleres teórico-prácticos a cargo de Salvador Frausto, Mario Ávila, Alonso Báez, Ernesto López Portillo Vargas, Eduardo Gallo, Cynthia Cárdenas, Fernando Montiel y Julio César Torres.
Aparte, nunca había estado en un espacio donde una joven comunicadora mixe conversara, debatiera y trabajara con una reportera radiofónica estrella. Ni que el director de un medio del centro-sur del país lo hiciera con la responsable de un proyecto de accountability policial en el sur. La editora de un diario capitalino, con el líder de una organización para jóvenes excluidos. Una experimentada editora televisiva, con una activista contra la violencia en colonias marginadas. O una reportera morelense treintañera, con un periodista chilango veterano.
No fue un ejercicio concebido para exponer a los participantes a dosis tóxicas de información; perseguíamos que adquirieran o reforzaran una perspectiva de periodismo basada en derechos ciudadanos y en las expectativas de la sociedad civil metida en iniciativas comunitarias de seguridad, legalidad y no violencia.
Lo realizamos convencidos de que la construcción de la paz –a contracorriente de las políticas y discursos públicos autoritarios, violentos y apologéticos de la ilegalidad– nos obliga como periodistas a dejar nuestra supuesta neutralidad y asumir una posición contra la violencia criminal o la gubernamental que viole derechos.
Es pronto para saber si logramos tocar a mis colegas de una manera tal que modifiquen mentalidad y prácticas, convirtiéndose en agentes de cambio. Pero si al menos tienen presente siempre que, como dice Felipe Pena de Oliveira, «… en el periodismo no hay fibrosis, pues las heridas abiertas por la difamación no cicatrizan nunca», significa que avanzamos en el lento pero inexorable desmantelamiento del gerontoperiodismo imperante, tan empático con el autoritarismo, la criminalización y la beligerancia.