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«Que el otro sea parte de nosotros»

29.08.11 | por [mail] | Categorías: Proyecto de Violencia y Medios

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QUITO.— «Existe un vínculo entre la crueldad hacia los demás y el olvido de uno mismo como ser humano; ser despiadado y no experimentar ninguna empatía frente al sufrimiento de un semejante significa en uno y otro caso un desprecio por la humanidad, la misma que se comparte con la víctima».

Lo dice Michela Marzano en La muerte como espectáculo. La difusión de la violencia en Internet y sus implicaciones éticas [Ensayo Tusquets, 2010], obra concisa y de sustancia sobre las razones por las que millones de cibernautas han acogido como divertimento global la violencia y el dolor extremos distribuidos en videos por la Red.

El miércoles, Amada Princesa Maya me había puesto esta nota en un e-mail: «Sería importante y muy placentero, por cierto, leerlo en tu blog», y enseguida un link a la furibunda incitación del periodista Ángel Verdugo a atropellar ciclistas en la Ciudad de México, durante el noticiero vespertino de Francisco Zea [Reporte 98.5].

Al día siguiente, Mario Ávila, el único conductor de Radio Fórmula que de manera sistemática promueve desde sus espacios la auto-observación y autocrítica de los periodistas, me pidió que reflexionara al aire, el sábado, sobre las razones por las que el video donde aparecen dos jóvenes agrediendo a un policía en Polanco había generado tal atención. Luego sobrevino la tragedia del Casino Royale, en Monterrey.

Fue entonces que me golpeó la memoria aquella idea de Michela Marzano. No es que yo proponga un pensamiento mágico o religioso para comprender estos y otros graves sucesos, pero la ausencia de principios de ética ciudadana en los discursos y la praxis del poder político y los medios ha contribuido a normalizar entre la comunidad el ejercicio de la violencia y a impedir al mismo tiempo otras formas de resolver los conflictos.

Más allá de la capacidad de las instituciones y la industria noticiosa para inocular temas en la agenda pública, y de lo aberrante de ese tipo incitaciones al odio y de violencia —que la semana anterior incluyeron la tortura a un perro cometida por policías del Estado de México—, serían necesarios prolongados estudios cuantitativo-cualitativos para conocer las maneras en las que los mexicanos estamos «procesando» tal información.

Pero me temo que hay evidencias que nos permiten ver que importantes segmentos de nuestra sociedad están: a) simpatizando con quienes ejercen la violencia o incitan a ejercerla; b) deseando que la violencia indiscriminada del Estado, alentada por el régimen calderonista y muchos gobiernos locales, se radicalice, o c) nomás divirtiéndose, aguardando cada vez una peor noticia que muestre a detalle de qué manera la mayor falta de escrúpulos de los agresores produjo todavía un mayor daño a las víctimas.

Esas evidencias se hallan lo mismo en las cifras de tráfico de Facebook, Twitter y YouTube, que en comentarios de cibernautas a las noticias mencionadas y tantas otras, los cuales denotan descalificación del otro, empatía con agresores, desprecio hacia víctimas, machismo, discriminación e iracundia contra derechos básicos de los demás.

No voy a reproducir muestras de esos comentarios, citaré mejor palabras de mi colega Francisco Zea cuando al pretender disculparse por lo dicho por Verdugo en su espacio noticioso, se justificó en un tono que muestra el estado de cosas ético entre nuestra sociedad y el periodismo: «… lo único que hice fue reírme de lo que estaba diciendo Ángel» —es decir, de que llamara a, virtualmente, matar ciclistas.

En última instancia, las palabras de Verdugo y el comportamiento de las dos mujeres que aparecen agrediendo a un policía en Polanco son joyas invaluables que denotan que la idea del presidente Felipe Calderón de un espacio público caracterizado por la lucha del bien contra el mal son una macabra fantasía detrás de la que subyace su ineptitud para desde el gobierno practicar y vigorizar la ética ciudadana.

Lo que causa un temor grande es la impunidad e impudicia con la que Verdugo y dichas mujeres se comportan. Aborrecen al otro al grado de proponer su eliminación, y les estimula saberse vistos y escuchados, como si se ufanaran de su propia lumpenización. Exhiben que en esta sociedad no hay «buenos» y «malos» en estado puro, sino que tenemos corresponsabilidad en lo que está sucediéndonos.

Por coincidencia, estoy en esta ciudad por invitación del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados y el Servicio Jesuita a Refugiados y Migrantes, para intercambiar experiencias y conocimientos con un grupo de colegas periodistas, en el país latinoamericano con el mayor número de refugiados —colombianos la mayoría.

Trabajamos duro para comprender las razones de la violencia y discriminación de la sociedad ecuatoriana —alentada desde sectores del gobierno y los medios— hacia la población refugiada, y asumir los desafíos que tiene nuestra profesión ante estos escenarios de intolerancia consensada.

Y lo hicimos a la luz de esta recomendación de Kapuscinski [Periodismo preventivo, Catarata, 2007], que coincide con Marzano y que quienes conformamos la prensa en México tendríamos que atender por siempre: «Los periodistas debemos tratar de entender al otro. Y tratar de entender al otro quiere decir hacer que el otro sea parte de nosotros».

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Acerca de mlk

Foto: Víctor Hugo Asencio

Soy reportero con treinta años de experiencia en periodismo policial y judicial, y activista por la profesionalización de mis colegas. Coordino el Proyecto de Violencia y Medios (Insyde) y soy consultor de Open Society Justice Initiative. [más]
Escríbeme a marcolara@insyde.org.mx

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