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En mi camino de reportero he sentido las palabras desesperadas, las miradas temerosas, los ademanes trémulos de colegas a los que poco después desaparecieron o mataron.
Sus comunidades -el gremio periodístico incluido- han respondido casi siempre con la indiferencia o el linchamiento moral, acusándolos de corruptos, atribuyéndoles la responsabilidad sobre su lamentable fin, sugiriendo que lo merecían.
Esta manera colectiva de legitimar nuestro silenciamiento como periodistas -tantas veces perpetrado por funcionarios o políticos aliados con criminales- dibuja una sociedad claudicante de su derecho a la información, y falta de compasión y coraje cívico. En parte, se explica porque los periodistas, sumisos a los medios, solemos estar de hecho más cerca del poder; quizá la comunidad nos protegería y reivindicaría nuestra memoria si sintiera como propios los agravios en nuestra contra.
Indaguemos si el ejercicio de un periodismo socialmente responsable, al ocuparnos de los problemas cotidianos de la gente, nos proveería de un entorno más seguro y digno. Hacerlo nos permitirá, en todo caso, honrar de forma verdadera a nuestros colegas caídos.
Esto no es un epitafio, sino una idea.
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Escribí esas palabras a petición expresa del Pen Club Internacional y su sección mexicana, para ser leídas en 60 segundos, durante la reunión de protesta contra los asesinatos, desapariciones y persecuciones de periodistas que finalmente nos congregó ayer al mediodía [enero 29, 2012] a decenas de escritores, poetas, periodistas y comunicadores comunitarios en el patio de la Casa Lamm [Ciudad de México].
Cuando minutos antes del encuentro, en una entrevista Huemanzin Rodríguez, prestigiado colega reportero cultural de Canal 22, me pidió opinar brevemente sobre la relevancia de la convocatoria del PEN Club Internacional -para, además, honrar la memoria de nuestros más de 70 compañeros asesinados, al menos 10 desaparecidos y decenas de heridos, robados, intimidados de las más diversas maneras y exiliados a través del país-, mi respuesta espontánea fue «¡Ya era hora!».
No es que piense que los actos públicos de protesta y en memoria basten, pero son un recordatorio a los poderes político, económico y criminal conjurados contra el ejercicio de la libertad de prensa y la libertad de expresión, de que somos muchos los periodistas que vamos a seguir diciendo con nuestras herramientas profesionales, y la ética y el respeto a los derechos de los demás como único límite.
Y la potencia de un recordatorio es directamente proporcional a la potencia de la voz de quienes lo proponen, en este caso el Pen Club Internacional, y quienes acudimos a su llamado para leer nuestros sesenta segundos de palabras, con mesura; sin actitud lacrimógena, y sin aplausos, escuchándonos mutuamente, enfocados en el deseo de entendernos y hacernos saber.
Quisiera expresar lo que aprendimos ayer en el camino de construir juntos ese universo formado con fragmentos de 60 segundos de coraje, evocación y denuncia, pero la poesía es más eficaz en estas situaciones, de modo que prefiero reproducir Libertad de expresión, el llano poema de Maiakowski que un escritor del Pen Club en San Miguel de Allende nos recordó, dejándonos absortos:
La primera noche
ellos se acercan y cogen una flor
de nuestro jardín,
y no decimos nada.
La segunda noche
ya no se esconden,
pisan las flores, matan nuestro perro
y no decimos nada.
Hasta que un día
el más frágil de ellos
entra solo en nuestra casa
nos roba la luna y
conociendo nuestro miedo
nos arranca la voz de la garganta.
Y porque no dijimos nada,
ya no podemos decir nada.