Ese día, temprano, Mario Ávila, mi querido amigo conductor de Radio Fórmula, me mandó este sms: “[…] checa la marrana foto de la pag 31”. Por diferentes medios, recibo todos los días este tipo de sugerencias airadas.
Es paradójico, no provienen de cualquiera, sino casi siempre de colegas periodistas que se afanan en las entrañas de la redacción y, aunque se sienten contrariados por decisiones editoriales, casi nunca se creen con el poder de cambiarlas, discutirlas y/o revertirlas ni aun dentro de sus propios medios.
Conseguí el ejemplar. En la página 31 predominaba esta cabeza desplegada a cinco columnas, es decir, a todo lo ancho: “Ayer, 55 ejecutados en 14 estados” [Milenio diario, mayo 6, 2010], con gruesa tipografía en “negras”-según la jerga de redacción.
La nota era una de esas ya habituales donde el editor toma la decisión de publicar un recuento de los corresponsales, acumulando hechos violentos y cifras, con menos apego emocional que si se tratara, digamos, de un partido de futbol de medio pelo.
Cierto, el problema estaba en “la marrana foto”. Fue muy bien desplegada arriba, a tres columnas, en color. Retrata la parte inferior de un automóvil con la portezuela del copiloto entreabierta. En el hueco debajo de ésta hay dos cuerpos, aparte de otro sobre el pavimento. Dos de los cadáveres chorreantes son de personas identificables. El pie de foto: “Entre los cuatro asesinados en Guerrero hay un menor de 10 años”.
Reflexionar sobre esta imagen y la decisión editorial que la hizo aparecer tanto en soporte papel como digital, así como las lógicas industriales dentro de las redacciones que propician que así ocurra, puede hacerse cuando menos desde una perspectiva moral, ética y/o legal. Tomemos algunos aspectos de las tres.
Desde la aproximación más convencional, pensemos en el impacto que esta imagen podría tener en la familia de las víctimas, en particular en el caso del pequeño de diez años. Nadie consideró eso: a) ni la autoridad que permitió que esta foto fuera tomada por un periodista (si así fue), en vez de preservar la escena del crimen como es su responsabilidad legal; b) ni el fotorreportero -aunque quizá no lo hubo, pues la imagen no tiene crédito, de modo que el medio pudo obtenerla de la policía sin advertirlo así a sus audiencias, como obligación básica de transparencia-, y c) ni el editor.
No apareció en días posteriores una disculpa de los directivos, de modo que tampoco ellos pensaron en el daño producido a la familia de las víctimas.
Publicar una fotografía así daña los derechos a la dignidad, la intimidad y la propia imagen de las víctimas, consignados como garantías individuales en la Constitución. Los servidores públicos que la hicieron circular entre los medios violaron ostensiblemente derechos humanos de las víctimas y sus familias, violaron la Constitución.
En la reforma del sistema de justicia penal que inició en México a partir de junio de 2008 y en curso de implementación, este tipo de asuntos serán más sensibles. Todo apunta a que subsecuentes reformas a las leyes secundarias y códigos procesales penales materializarán, por caso, la garantía que brinda el nuevo Artículo 20 constitucional a las víctimas, en el sentido de que tendrán derecho: “Al resguardo de su identidad y otros datos personales en los siguientes casos: cuando sean menores de edad; cuando se trate de delitos de violación, secuestro o delincuencia organizada […]”.
Los funcionarios, el fotoperiodista, si lo hubo, el editor y los directivos que hicieron posible la circulación de la fotografía aquella ignoraban este nuevo precepto constitucional o, peor, lo omitieron actuando de mala fe.
Y, bueno, a la fotografía en su versión digital le hice un desvanecido con Fireworks sobre los rostros de las víctimas. El resultado me parece interesante: si los periodistas decimos que la gente tiene que ver toda la realidad, bien, en esa lógica la imagen, tal como quedó, la muestra y de manera impactante, pero sin dañar a las víctimas y sus familias.
