Estoy en un pueblito no muy lejos del DF. Ayer, cuando empezaba a oscurecer escuché desde mi habitación que por un altavoz daban avisos para la comunidad y, al mismo tiempo, en los kioscos del lugar había visto los diarios nacionales e incluso un pequeño periódico en inglés.
No es de extrañarse que las necesidades de información de los ciudadanos tengan que satisfacerse por otros medios como las radios locales que en muchas ocasiones sirven hasta de teléfono. Pero entonces no nos quejemos de que los periódicos pierdan lectores.
El fin de semana había muchas notas de una agenda que no estoy segura provenga de necesidades reales de información por parte de los ciudadanos. “Está desesperado el narco: DEA”, “No paran las ejecuciones”, “SSP descifra genoma de secuestrador”, “Violencia rompe récord: 4 mil ejecutados en sólo siete meses”.
Esto es sólo en los diarios, pero habría que añadir las noticias radiofónicas. Escuchaba por ejemplo el tiempo que dedicaron a enjuiciar a los mexicanos que golpearon a un francés y un holandés luego del partido de México. No con ello justifico los hechos, pero es increíble que en muchas regiones del país las necesidades de información sigan tan tan irresueltas. De dónde salió la agenda del narcotráfico, quién decidió que era lo más importante, en qué se basan los medios de información para construir esa agenda. ¿Por qué nos convertimos en reproductores del discurso de la violencia?, ¿cómo se hizo esta distancia tan brutal entre lo que quisiera encontrar la gente en las noticias y las noticias que construimos?, ¿alguna respuesta?
Recibí por internet un enlace a un video de Youtube en el que está Andrés Manuel López Obrador de espaldas, caminando hacia la puerta de salida de un edificio. Mientras sale, se escucha una voz masculina que le grita “cobarde” y “déjate entrevistar”. Resulta que es Eduardo Ruiz Healy exigiendo a todo pulmón al ex candidato presidencial que entre a su cabina de radio y hable a su audiencia.
Sus gritos eran tan ofensivos que supongo que violentaron no sólo a López Obrador sino a todos los que debieron estar ahí trabajando. López Obrador no volteó y no creo que alguien en su sano juicio lo haría si le hablaran con esos chillidos.
Me pregunto qué espera un periodista que se dirige así a sus entrevistados, qué busca cuando quiere exhibir y ofender a otros. Creo que siendo periodistas deberíamos entrevistar a todas las personas, políticos o no, con el mismo respeto que quisiéramos que tuvieran hacia nosotros. Podemos tener filias y fobias, pero hasta donde yo me quedé, nuestro trabajo es atender las necesidades informativas de los ciudadanos, investigar, ser portadores del derecho a saber de las personas y, siempre, con apego a la legalidad y cuidando los derechos humanos.
Hablarle así a una persona implica quitarle el derecho a decir que no a una entrevista, a reservarse para aquellos foros donde considere que se le da un trato digno. Lo mismo sucede cuando un periodista o camarógrafo le ordena a alguien una declaración, puede ser un ciudadano involucrado en una tragedia, un deportista, político, policía o alguien presentado ante la autoridad como autor de un delito.
Nosotros estamos ante una situación de ventaja porque nos resguardamos en el medio informativo que nos respalda y porque no estamos siendo exhibidos. Sin embargo, no olvidemos que en la medida en que vulneramos la integridad, el derecho a la propia imagen, a la buena reputación y privacidad de las personas, no sólo nos exponemos a lo mismo, sino que nos convertimos en una especie de showman al servicio de un rating inflado por la superficialidad, el chisme y un entretenimiento ofensivo.
Ustedes dirán si la presunción de inocencia carece de importancia. Nada más hay que ver cuántas fotos vimos de la ex agente federal Lorena, a quien le pusieron de mote "La Lore", y cuántas imágenes vimos de Sergio Humberto, con el alias de "El Apá", y a quienes la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal presentó como responsables del secuestro de Fernando Martí y ahora resulta que no fueron ellos.
Si buscan en internet verán las notas periodísticas narradas como si no hubiera ninguna duda de que ambos son “los delincuentes” responsables. Aquí les pongo un ejemplo de una nota del diario El Economista: “La Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal (PGJDF) acumuló en 10 meses de investigaciones cerca de 400 pruebas testimoniales y periciales, con las cuales sustentó la responsabilidad de integrantes de la banda de La Flor en el plagio de Fernando Martí”.
Ahora los autores, de acuerdo con la Secretaría de Seguridad Pública (SSP), son Noé y José Antonio, quienes según la Policía Federal pertenecen a la banda de Los Petriciolet. Al igual que la PGJDF dice haber acumulado cientos de pruebas testimoniales, la SSP dice que tiene el testimonio de 9 víctimas que identifican la casa de seguridad en Xochimilco y cuentan, además, con 14 averiguaciones previas. ¿A quién le creen los lectores y las audiencias?
Se supone que los periodistas debemos dudar y preguntarnos todo. Con qué cara le decimos a los ciudadanos que leyeron y vieron nuestras notas que no reporteamos y que dimos por hecho la versión oficial, y que probablemente, por no presumir la inocencia de nadie, acusamos a los equivocados.
El caso de Fernando Martí lo conoció todo México, pero ¿qué hay de aquellos implicados en delitos que son exhibidos, ofendidos y enjuiciados en los medios noticiosos y luego resulta que no son los responsables?
Cuando empecé como reportera cubría el PAN y el PRD. Todos sabemos el trajín impresionante que implican los tiempos electorales. En aquellos días cualquier cosa era novedad para mí, pero hoy siento que lo mismo me sucede múltiples veces como esos sueños recurrentes. Me explico: Más de una vez fui con algún candidato a que firmara ante notario público sus compromisos, más de una vez me ha tocado que un presidente de partido renuncie o le pidan la renuncia por los resultados en los comicios, más de una vez he visto esa sonrisa del triunfador que promete –ahora sí— atender los problemas estructurales del país, más de una vez he visto cómo algunos medios noticiosos contribuyen al desprestigio o prestigio del enemigo/amigo en turno, más de una vez he visto partidos nacer y morir. Recuerdo cuando Germán Martínez, en ese entonces director de comunicación social del PAN, le decía en tono de broma a algún candidato a diputado de su partido: “eres de las legislaturas pares o de las nones”.
Lo peor de todo es que más de una vez leo todo esto en los medios informativos y cada elección viene escrito igual. Es decir, todo lo que hemos visto mil veces, lo narramos igual mil veces, como si fuera la primera. Cambian los nombres, las fechas, pero las formas siguen. Seguimos dándole voz sólo a una élite muy pequeña. Nada más hay que analizar las fotos publicadas. Caras, caritas, carotas de políticos (principalmente hombres). Reproducimos en el periodismo formas autoritarias, jerárquicas y verticales. Si el Estado mexicano más que buscar gobernar para la ciudadanía busca su propia sobrevivencia, entonces, lo que hacemos como periodistas es echarle la mano para que se mantenga vivo.
Si hiciéramos una suma de quienes anularon su voto, quienes propusieron a algún candidato independiente y las abstenciones, quizá comprobaríamos que una gran parte de la población ya no quiere tener la pesadilla recurrente y busca que le cuenten otras historias y que le muestren otras caras.
Un camarógrafo de una cadena internacional solía decirme: “Entre peor se ponga, mejor para nosotros”, y yo sentía un golpe de adrenalina al imaginarme cubriendo un conflicto. Ahora sé que aquella actitud en lugar de informar, perjudicaba.
Latinoamérica ha pasado por cruentas dictaduras. Durante esos periodos, la mayoría de los medios noticiosos han debido servir como aparatos ideológicos de quien se perpetúa en el poder y, de manera clandestina, han prevalecido otros pocos resistiéndose. Hoy, después de lustros de daños antidemocráticos, qué podemos hacer para cubrir y leer los conflictos de tal manera que no nos convirtamos en reproductores ideológicos de algún bando. ¿Qué nos dice la experiencia adquirida?, ¿cómo entender lo que pasa en Honduras? Hay dos propuestas muy sólidas. El periodismo de paz y el sensible al conflicto. Algunas ideas:
1) Transparentar quiénes están detrás del Ejército y quiénes detrás del presidente Manuel Zelaya, cuáles son sus intenciones, sus fuerzas sociales, económicas o políticas.
2) Por supuesto, no dar por hecho lo anterior, sino investigar a profundidad.
3) Además, dar a conocer cuáles son sus puntos en común, aquello que podría acercar a los bandos.
4) Los medios noticiosos no debemos explotar el recurso del miedo entre la población. Es muy poco ético lucrar con los miedos colectivos. Por ejemplo, asociar lo que pasa en Honduras con México. Leí una columna que decía que ambos países comparten que el Ejército y la derecha están aliados en contra de una fuerza de izquierda.
5) Incluir las voces de aquellos grupos que buscan la paz y que tienen propuestas conciliatorias. Pueden ser desde agrupaciones políticas hasta civiles.
6) No sólo cubrir lo que pasa con los grupos dominantes. Hacer visible a la sociedad civil, a quienes se ven más golpeados por el conflicto, a quienes se benefician de él.
7) No polarizar. No reducir todo a una lucha entre buenos contra malos, o bien entre democráticos y antidemocráticos. Matizar, matizar y matizar para no agudizar la distancia y el encono.
8) En todas las notas, pero sobre todo las de seguimiento, es necesario contextualizar. Cómo se dio el conflicto, cómo se fue gestando y por qué.