| « La iniciativa del Presidente para la policía | La seguridad y la política posliberal » |
El pasado 23 de septiembre de 2010 el Jefe de Gobierno del Distrito Federal presentó un decálogo de conducta ciudadana para la ciudad, propuesto por el Consejo Ciudadano de Seguridad Pública del DF. Éste incluye las siguientes conductas:
1. Tirar la basura en su lugar
2. No graffitear los lugares públicos y privados
3. No tirar chicles en la calle
4. Recoger los desechos de las mascotas
5. Respetar las zonas reservadas para personas con discapacidad
6. Respetar a las mujeres en el transporte y en la vía pública
7. Cuidar el agua
8. Usar el cinturón de seguridad
9. No conducir en estado de ebriedad
10. Respetar al peatón y los señalamientos
Pudiera pensarse que las acciones anteriores son “menores” y no representan propuestas significativas para la atención de problemas “macro”. No obstante, a pesar del uso político que a esta iniciativa le dé el precandidato presidencial Marcelo Ebrard, se trata en realidad de propuestas valiosas para la construcción social de condiciones de seguridad y convivencia.
Fue a partir de acciones como ésas, y no desde un populismo punitivo que sacase a las calles más agentes represivos del Estado (cf. México 2006-2010), que Antanas Mockus, ex alcalde de Bogotá de línea centro-izquierda-descafeinada (aquella del capitalismo-con-rostro-humano que lo postuló como candidato presidencial), logró reducir la violencia y el delito en esa ciudad. Si bien Mockus no es un representante de los proyectos políticos subalternos, sino un hombre del establishment (como Ebrard), sí es un político probo, preparado y comprometido. A diferencia del narcoparamilitarísmo uribista, Mockus valoró más el poder de los ciudadanos que el de las balas. Así, demostró que la seguridad no es un botín de guerra (ahora le dicen “lucha”), sino el resultado de estilos de vida no violentos que reproducen socialmente relaciones de convivencia.
Esa asociación entre seguridad y convivencia es posible mediante el rescate del espacio público. Un espacio definido tanto en términos tangibles como intangibles. El espacio público tangible tiene en la calle su máxima expresión. La seguridad de ese espacio no implica llenarlo de tanquetas y uniformados, sino ocuparlo lúdica y recreativamente. El espacio público intangible es el espacio político; no el de los empleados del bloque en el poder (la gente les llama políticos) ni el espacio oligopólico de los mass media, sino el de los ciudadanos preocupados y ocupados por los asuntos públicos. Ese espacio es seguro cuando se rescata a la política y se le dota de su sentido originario de palabra negociada y arte de lo posible. Se llega a hablar incluso de un espacio público no estatal, donde la cosa pública no es asunto de la clase política sino de la sociedad civil (no de la sociedad instituida y financiada sino de las acciones ciudadanas autónomas).
Puede notarse que en nuestro país ambas dimensiones espaciales se encuentran en crisis. La construcción social de condiciones de seguridad en el espacio público queda pues en manos de ciudadanos que asuman su responsabilidad política. Dicha responsabilidad (en el entendido de la política como práctica social y no como profesión de personeros estatales), incluye la ocupación del espacio. No se trata de una ocupación como privatización, sino como vivencia compartida. Siendo aquí donde entran prácticas democratizantes del entorno como las del decálogo señalado.
En el caso de la ciudad de México (que no es sólo el DF como fantasiosamente indica el texto constitucional, sino la mancha urbana que incluye también al menos 28 municipios mexiquenses), Duhau y Giglia han demostrado recientemente que esta metrópoli se conforma de múltiples ciudades. Por mencionar solo algunas, aquí subsiste una ciudad del espacio ancestral conformada por pueblos conurbanos, una ciudad del espacio disputado constituida por las delegaciones centrales, otra ciudad autoconstruída representada por las colonias populares, una ciudad del espacio insular caracterizada por nuevas formas de hábitat como los grandes desarrollos de vivienda de interés social en la periferia metropolitana, entre otras. Estas ciudades implican una diferenciación socioespacial y vivencial.
La vida cotidiana socioespacialmente diferenciada evidencia una crisis del espacio público ante encuentros del uno con el otro caracterizados por la indiferencia. Pueden compartir un mismo espacio físico habitantes de dos ciudades completamente diferentes, como en el caso de los encuentros entre limpiaparabrisas habitantes de la ciudad autoconstruída y automovilistas provenientes de la ciudad insular, quienes se encuentran en un semáforo de la ciudad central. La ciudad no es sólo un espacio físico para vivir, sino un espacio construido socialmente por relaciones intersubjetivas. Cuando dichas relaciones se fundamentan en la convivencia, entonces la seguridad es una edificación ciudadana, no así una concesión de la autoridad y menos aún un botín de guerra.
En síntesis, las práctica ciudadanas que presentó Ebrard pueden quedar en meras intenciones si el compromiso político es sólo asumido por el precandidato, pero pueden resultar efectivas si dicho compromiso es asumido por el ciudadano.
Las opiniones vertidas en este blog son responsabilidad de las personas que las emiten y no representan necesariamente la postura institucional de Insyde.
Esta publicación tiene 1 reación esperando moderación...