Alternancia política sin seguridad pública

Columna de Ernesto López Portillo Vargas, director ejecutivo de Insyde, en El Universal, julio 6, 2010

 Para quienes creemos que la democracia no se agota en el voto, sino que implica garantizar el ejercicio efectivo de todos los derechos fundamentales, las evidencias son irrefutables y nos permiten afirmar que la transición democrática en México ha fracasado. Los arquitectos de la transición democrática mexicana centraron sus baterías en la construcción de un complejo marco normativo e institucional, encargado de garantizar las mejores condiciones posibles para los procesos electorales. Hasta cierto punto, lo lograron —mucho más en el terreno federal que en local—. Vino entonces la alternancia y, con ella, la mala noticia: la diversidad de colores en los gobiernos no consolidó un ambiente competitivo de calidad de gobierno y la prueba está en la debilidad de los mecanismos de rendición de cuentas. Ironía de la historia: gobiernos diversos con similar debilidad en la rendición de cuentas. Ganamos competencia electoral, pero no ganamos gobiernos efectivamente democráticos.

Ahora tenemos gobiernos ganados por partidos políticos diversos y el ciudadano promedio no tiene una mejor calidad de vida. La política de la seguridad pública es una de las víctimas de todo esto, por caso, la más visible entre el abanico de políticas públicas más o menos disfuncionales. En suma, en la medida que la transición política no viene generado gobiernos en efecto democráticos, en esa misma medida no logra producir políticas de seguridad pública eficaces y democráticas. Visto desde otro ángulo, el origen más profundo de la inseguridad está en la persistencia de un régimen político que cercó sus alcances democráticos en ciclos electorales que, por cierto, sólo de manera excepcional convencen a todos.

Es un supuesto generalmente aceptado que el ejercicio del voto funciona como mecanismo de rendición de cuentas. En teoría, se vota a favor de un buen gobierno y se vota en contra de un mal gobierno. ¿Es así? Cuando menos desde el estudio de la seguridad pública, no hay evidencia alguna que nos permita trazar una relación entre los resultados de los gobiernos en la materia que nos ocupa, y la dirección del voto. En cambio, sí hay evidencia de que el voto lleva al poder a gobiernos que no traen ofertas innovadoras, creativas y democráticas en seguridad pública, al tiempo que mantiene en el poder a gobiernos que no entregan buenas cuentas en cuanto a la misma. Sólo hay que cruzar los datos de las últimas dos décadas en México para encontrar que el voto y la seguridad pública parecen ir por cuerda separada. Todo lo anterior nos lleva a una conclusión estremecedora: el régimen político mexicano es refractario ante la crisis de inseguridad. El cambio estructural de las políticas de seguridad pública no llega ni «por arriba» ni «por abajo». Quiero decir, los gobiernos no implantan desde ejercicios innovadores las políticas públicas profesionales y especializadas que nos den comunidades seguras, y el voto tampoco las exige.

No sé si vendrán los ajustes en las reglas del juego político para construir una democracia que haga valer los derechos fundamentales de los gobernados; pero no tengo duda de que las evidencias empíricas disponibles nos permiten proyectar la ampliación y profundización de la crisis de inseguridad y violencia. El carácter refractario del régimen ante la crisis de inseguridad arroja y arrojará saldos acumulados, hasta un punto que no podemos anticipar. Que no se engañen quienes ocupan el poder público: no hacer algo distinto frente a la inseguridad, equivale a reproducir las dinámicas que la empoderan. Repetir políticas, reformas normativas e institucionales, estrategias y acciones que no pasan por el tamiz de la rendición de cuentas, es decir, que no pueden ser justificadas en cuanto a los recursos aplicados y los resultados conseguidos, sólo equivale a meter más leña al fuego. La inseguridad seguirá evolucionando, a menos que el régimen político mute. Por lo pronto, la alternancia no funcionó.

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