Bala mordida*

Pocas tareas tan difíciles como mirarle las tripas a la policía; en general, no se deja. Es una paradoja de las instituciones policiales que las ha acompañado desde siempre y en todos lados: su visibilidad en el espacio público va acompañada casi siempre de amplios márgenes de opacidad. Los policías y las instituciones de las que dependen construyen reglas y prácticas informales que representan verdaderas culturas propias sobre las cuales “nadie sabe, nadie supo”. En México, las antropólogas María Eugenia Suárez de Garay y Elena Azaola han liderado la documentación de este fenómeno mediante investigaciones empíricas que han develado las culturas policiales desde la voz de los sujetos que las construyen. En el mundo anglosajón se le llama Blue Wall —muro azul— a la pared que encierra a la policía en su propio mundo y así la aleja de la mirada de la sociedad. Un interesante texto que relata el cambio de la Policía de Seguridad Aeroportuaria de la República de Argentina, justo se refiere a la también llamada endogamia policial: “Heredado de las etapas históricas fundacionales de las instituciones policiales, el primer rasgo a transformar fue la concepción endogámica de la fuerza. Esta endogamia institucional tenía su raíz en el modelo castrense de la ex PAN [Policía Aeronáutica Nacional], que suponía las líneas básicas ‘formativas’ de: un régimen de internado; la inculcación de una obediencia acrítica; y la supresión de voluntades individuales, todo ello bajo el supuesto de “moldear” o “formar” el carácter del futuro miembro policial (Legnani y Cruz Vázquez)”.

La responsabilidad de la opacidad policial es múltiple; no se explica una institución policial opaca sin una clase política y un cuerpo social que tolera el hecho. Es más, la fortaleza o debilidad de las instituciones policiales, entendida ésta como la capacidad o no de cumplir con su misión en un régimen constitucional de derechos, es un producto político y social. Justo por eso el verdadero cambio policial surge cuando se reconstruyen el régimen político y el pacto social que lo sostiene. Así se explica que las reformas policiales democráticas sólo emergen en los procesos de consolidación de regímenes precisamente democráticos.

La película mexicana Bala mordida nos enseña algo de esas tripas. A Diego Muñoz, su director, le llevó cinco años producirla y llevarla a la pantalla (2006-2011), pasando por dificultades de todo tipo. Estamos ante una interpretación sin precedentes sobre la vida policial en la ciudad de México. La historia, informa Muñoz, está basada en la experiencia de alguien que trabajó en la policía preventiva. Por lo demás, las actuaciones a cargo de Demián Alcázar, Miguel Rodarte y Roberto Sosa son excepcionales. El largometraje merece una verdadera anatomía analítica. Las imágenes, los diálogos y la música logran construir un espacio cuya fidelidad respecto a la realidad ha sido reconocida por policías en activo. El silencio de la policía respecto a su vida interna fue enfrentado por esta iniciativa cinematográfica que terminó reconstruyendo el mundo policial sin apoyo oficial de la SSPDF. El trabajo de Diego Muñoz obliga a recordar Tropa de élite, aquel libro producto del testimonio de dos ex miembros de ese cuerpo especial de la policía de Río de Janeiro, texto que luego sería también llevado al cine. Allá, como aquí, casi siempre escudriñar al interior del mundo policial requiere operaciones al margen de la voluntad oficial, sobre todo cuando los hallazgos son potencialmente escandalosos.

La obediencia acrítica y la supresión de voluntades individuales de la que hablan los analistas argentinos aparece en Bala mordida en la figura de “Hernández”, el policía que justo cuando cree que está ganando en la lucha de poder termina siendo violado por su jefe en el asiento trasero de la patrulla que ambos ocupan. Me dicen que Bala mordida ha sido vendida en versión pirata como pocas películas. Vaya, el filme se queda en la marginalidad, como el mundo policial mismo. “Nadie sabe, nadie supo”.

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