Entre los dolidos y los no dolidos

Palabras de Ernesto López Portillo Vargas, comentarista invitado a la presentación del Índice de Paz México, Institute for Economics and Peace

México D.F, noviembre 28 de 20013

Buenas noches a todos. Agradezco la invitación a comentar el Índice de Paz México. Es un honor.

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Muchas veces he sentido que las aproximaciones numéricas a la violencia son injustas por frías. Tengo 25 años atestiguando sesudas discusiones de expertos por ejemplo en estadística criminal que una y otra vez me han terminado pareciendo deshumanizadas. Decir que la tasa de homicidios subió o bajó a veces se parece a comentar algún dato de la economía.

No me malentiendan; los números pueden poner luz en la interpretación de un fenómeno, pero tal vez también ayudan, sin quererlo o no, a esconder otras dimensiones del mismo fenómeno.

Alguna vez escuché que “100 mil muertos es una cifra, pero un muerto es una tragedia”. ¿Acaso ello quiere decir que los números tienen el potencial de desmontar la carga subjetiva de los fenómenos que intentan describir?

Tal vez deberíamos entonces preguntarnos sobre el sentido de los números, el propósito de los números.

Pero incluso más allá de eso, para cada quien los números del Índice de Paz México, si se me permite la expresión, tienen una especie de temperatura.

Por temperatura me refiero a un vínculo moral, un nexo entre el número y la autorregulación personal; entre el número y lo que cada quien interpreta de él, y en su fuero interno lo coloca del lado de lo que se vale o de lo que no se vale.

Si por ejemplo leemos que en el lapso de una generación México multiplicó por tres su violencia letal, la noticia se alojará en cada quien en algún gradiente que va de lo nunca aceptable hasta lo siempre aceptable.

Mockus, Murraín y Villa escriben:

“Los índices de homicidios constituyen otro de los temas críticos de la seguridad ciudadana en la región, sobre todo en términos de experiencia en investigación e intervención en el campo cultural. Los avances de Bogotá en la aplicación de herramientas de diagnóstico de los problemas de convivencia y calidad de vida permitieron reconocer la alarmante devaluación de la vida humana, expresada en nuestras prácticas cotidianas y también en nuestro modo de relacionarnos como ciudadanos… Este problema ha empezado a revelarse como un tema crucial entre los ciudadanos encuestados en todo el continente” (Antípodas de la violencia, 2012).

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No tengo las herramientas –y no sé si alguien las pueda tener- para calcular el valor de la vida en México pero cada día observo que parece ir a la baja; desde luego no para las familias y las personas cercanas a las víctimas mortales; pero a cielo abierto hoy día la muerte de un desconocido a manos de otro desconocido parece más una anécdota del día y mucho menos una tragedia con la que de alguna manera los demás tenemos algo que ver.

En torno a las víctimas mortales y sus allegados pareciera construirse un círculo que contiene el dolor, una frontera invisible que impide la diseminación del dolor.

Ahí esta el trasfondo de los números aquí presentados; ahí está para mi su significado profundo; esos números nos enseñan una tragedia de orden moral y cultural, donde la violencia letal le duele mucho a algunos pero le duele poco o nada a muchos; y si eso se puede decir de la violencia que quita una vida, ya podemos imaginar lo que parece suceder con la violencia no letal.

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Las víctimas de la violencia en México son una y varias veces víctimas, no por la reincidencia del mismo victimario sino porque son también victimas de la indolencia colectiva y desde luego institucionalizada.

Veamos el caso de la disfuncionalidad del sistema de justicia penal. Si lo vemos como un problema de diseño institucional, desde ahí no alcanza para explicar por que en algunos casos la impunidad de los homicidios llega al 90%. No, hay que ir a otra dimensión para entender la desproporcionada impunidad y entonces nos ubicamos en el terreno de la indolencia moral y cultural que habita adentro y fuera de las instituciones.

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No sé cuando México dirá “basta” pero sé que todos los días parece asimilar las pérdidas y en el camino se fragmenta entre los dolidos y los no dolidos. Y se multiplica la masiva resignación; la “conformidad, tolerancia y paciencia en las adversidades”.

Viajen por el país porque desde este suntuoso hotel ciertamente no se alcanza a ver. Vayan y escuchen a la gente en general, luego a los familiares, amigos y defensores de las víctimas y más adelante hablen con los operadores institucionales, en particular con los que están en la calle. Luego me cuentan sobre la indolencia y la resignación. Ya veremos cual encuentran más.

Lo que yo he encontrado es que la asimilación de la violencia avanza a la manera de una enfermedad incurable que, como tal, te puede o no tocar, y si te toca pues “ni modo”.

Pero si no te toca mejor hazte a un lado porque el problema no es tuyo, fórmula que aplica también a las instituciones, que igual se hacen a un lado porque el problema parece no ser suyo; de ahí que 9 de cada diez muertos se enfríen primero en la morgue y luego en alguna gaveta del ministerio público, convertidos esos muertos en trámites tan fríos o más que las estadísticas a las que luego se agregarán.

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Todo esto no significa que no haya núcleos de lucha por la vida y la paz; lo que digo es que en ésta, nuestra indolencia moral y cultural, es más fácil encontrar a una víctima arrodillada que a una persona o comunidad de pie y esperanzada.

Si, andamos faltos de tracción social, tracción institucional y tracción política transformadoras. En cambio la violencia en México hoy es una forma de vida y los factores de riesgo asociados a ella se han venido multiplicando.

Y la imparable fábrica nacional de excluidos del desarrollo no hace más que impulsar la masificación de la disponibilidad de mano de obra para el crimen violento.

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Hoy, ya lo ven, no he podido sacar casi nada del bolsillo del optimismo.

Por su atención, muchas gracias.

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