Inseguridad y desigualdad cultural

Estoy trabajando en varias hipótesis que vinculan la inseguridad en México con la desigualdad. El origen de la línea de análisis está en la verificación empírica de la desigualdad como código cultural de convivencia en nuestra sociedad. El supuesto es el siguiente: para la gran mayoría de las personas en nuestro país reconocer la igualdad es insoportable. Es decir, mirar al otro como un sujeto igual de derechos va en contra de los valores, las opiniones y actitudes hegemónicas. La construcción de atmósferas donde la igualdad es principio efectivo de regulación de la convivencia es estrictamente excepcional por igual en los terrenos privado y público.

Reconocer al otro como igual a uno pasa por la apropiación de los derechos y obligaciones a la manera de reglas efectivas de la convivencia. Eso no sucede en nuestro medio. Por el contrario, nuestras relaciones parecen mucho más un mecanismo de defensa donde el dominio sobre el otro asegura las mejores condiciones de vida propias, independientemente de las del otro. Los ejemplos más rudimentarios son muchas veces las expresiones simbólicas más profundas de la desigualdad. Las filas son excepcionalmente elocuentes. Formarse en una fila nos coloca en situación de iguales, sea quien sea el que se coloca en ella. La insoportable igualdad de las filas es verificable en todos lados y con personas de todas las condiciones, incluyendo a los niños y jóvenes que en su temprana edad ya prefieren buscar la forma de saltar lugares antes que aceptar esperar su turno. No olvido, por cierto, aquella ocasión, al comer en un mercado, cuando llegó una pareja pidiendo alimentos, para luego ella rematar con la siguiente frase: “Apúrese, a mi marido no le gusta esperar”. La potencia de la frase es ilimitada. Esperar es colocarse en igualdad de circunstancias, de derechos, ante los demás.

No querer esperar es justo lo contrario, colocarse por encima de los demás. Desde la fila y hasta el más oneroso de los contratos públicos o privados, el dilema es el mismo: aceptar o no las reglas que nos hacen iguales. La respuesta es clara en nuestro medio, al punto que ganar en la fila o ganar el contrato fuera de las reglas es socialmente reconocido, si bien de manera informal.

La relación de lo anterior con la inseguridad es absolutamente central. Formalmente, la seguridad es al mismo tiempo un derecho y una condición de realización de otros derechos. Justamente, el eje social participativo de las políticas democráticas de seguridad parte de la premisa de reconocer al tejido social como el espacio donde las relaciones se deben fortalecer mediante el ejercicio de los derechos de todos, en planos colectivos de solidaridad y compensación de desigualdades. En México sucede algo muy distinto. Se ha impuesto un discurso que coloca a la seguridad como un recurso para distinguir y separar a los buenos de los malos, no como un recurso político, institucional y social para construir comunidades incluyentes que potencien el ejercicio de los derechos y las libertades y reduzcan las desigualdades. La seguridad entre nosotros es un recurso que emplean las élites públicas y privadas para etiquetar al transgresor, con o sin pruebas, en el rol del enemigo, etiqueta que provoca apropiación masiva en favor del castigo incluso más extremo, como la pena de muerte. Entonces la seguridad divide, fragmenta, confronta y debilita a las comunidades, en lugar de fortalecerlas. Y desde la ciudadanía los valores, opiniones y actitudes regresan hacia las élites la misma demanda de castigo al transgresor-enemigo, haya o no pruebas de la acusación. Entonces esa comunidad donde anida la insoportable igualdad del otro se convierte en un resorte idóneo de auditorios favorables al discurso y acción de la seguridad que justamente diferencia a unos frente a otros.

Muchos han hablado de la desigualdad socioeconómica como factor de riesgo para la seguridad. Yo coloco la desigualdad cultural como factor de riesgo. Mientras no nos reconozcamos como iguales no podremos acceder al derecho a la seguridad.

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