La desconfianza hacia la policía

La mayor parte de los mexicanos desconfía de la policía. Ocho de cada diez así lo afirmaron en la encuesta del Latinobarómetro 2010.

La evidencia es indiscutible, todas las encuestas disponibles confirman esta desconfianza mayoritaria. La confianza es la «esperanza firme que se tiene de alguien o algo». El ciudadano promedio en México no deposita esperanza en las instituciones policiales. Es una fractura estructural de nuestro contrato social. La institución del Estado formalmente creada para salvaguardar el ejercicio de los derechos y el cumplimiento de las obligaciones por parte de todos en condiciones libres de riesgos y daños, opera fuera de los ámbitos donde colocamos una expectativa positiva de interacción.

¿Por qué sucede así? ¿Qué hay detrás de esta fractura? Sucede que nuestras instituciones policiales han funcionado históricamente bajo una doble fórmula de lealtad política y autonomía operativa. En cuanto a lo primero, han sido instrumento de control social en beneficio de las élites políticas y privadas en turno; en cuanto a lo segundo, las instituciones policiales han constituido un espacio de relativo autogobierno dotado de poderes suficientes para administrar conductas y mercados ilegales y por esa vía proveerse de recursos propios. Por supuesto esto no significa que estas instituciones no tengan en su historia una labor de protección ciudadana; la tienen, pero siempre en función de las reglas que le permiten a la policía pactar su lealtad y hacerse de recursos.

En la policía se ha depositado una representación simbólica de la forma de ejercer el poder en el régimen históricamente autoritario. La policía es un espejo de dicho régimen, si bien ella magnifica la potencia autoritaria mediante el uso desproporcionado de la fuerza y las armas. No por otra cosa, nuestra policía en pleno siglo XXI da apenas sus primeros y tímidos pasos en la regulación de tales poderes. Nada es fortuito en la desconfianza generalizada antes referida. Las instituciones policiales y las personas que las representan no operan con incentivos formales y permanentes orientados hacia la construcción de la confianza ciudadana. Si en cambio operan bajo reglas que estabilizan el vínculo entre los mandos policiales y la clase política al tiempo que especializan la administración policial del crimen propio o la protección del que realizan terceros.

La rutina que más aporta a la desconfianza social hacia la policía es el auto encierro en el que esta se mantiene. Por eso el más influyente modelo policial en el mundo democrático es el de proximidad, justo porque, en su versión no adulterada, implica una política institucional de apertura, transparencia y rendición de cuentas donde el ciudadano sabe qué hace la policía y cómo, hacia afuera y en buena medida hacia adentro. Por ejemplo, es fácil medir si una policía es democrática con el grado de visibilidad de su sistema de quejas y régimen disciplinario. Trate usted saber con precisión qué pasa con una queja contra la policía que trabaja en su comunidad o intente saber la calidad del procedimiento de aplicación de consecuencias ante una mala conducta y entonces sabrá de lo que hablo.

Los hechos de este 25 de junio en el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, donde miembros de la Policía Federal se liaron a tiros, son paradigmáticos en esta experta reproducción de la desconfianza. Mientras la detención de los operadores del crimen organizado merece conferencias de prensa sin escatimar recursos, la muerte de unos policías a manos de otros solo convoca a un escueto comunicado que en nada convence. La brújula anda mal; se cree que es más valioso explicar de viva voz una detención de gente —aún no juzgada— que un hecho de violencia letal descontrolada entre policías que portan el mismo uniforme, sucedido en un espacio concurrido por personas inocentes. Seguro Felipe Calderón no entiende por qué la campaña mediática sobre la Policía Federal no funcionó. Yo sí: simplemente nunca fue hecha en clave de confianza ciudadana.

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