La estudiante se va y el general se queda

Columna de Ernesto López Portillo Vargas, director ejecutivo de Insyde, en El Universal, marzo 20, 2011

Dos orígenes y dos destinos en igual momento de la historia. Contraste saturado de valor simbólico de lo que somos y de lo que no somos. Dos trayectorias en extremos opuestos. Dos propuestas, una perdedora, la de la estudiante y la otra ganadora, la del general en retiro. Dicen los delNewsweek que ella sacudió al mundo. No creo, no tuvo tiempo. En todo caso, sacudió a alguien y lo suficiente para hacerla partir. Por su lado, el militar en retiro sacude sin duda y en la sacudida deja las reglas en un cesto de basura. Para qué aplicarlas, si no sirven, es su mensaje a cielo abierto. De todos modos, él gana y ella pierde.

Ella comenzaba su historia, apenas 20 años de edad, estudia —¿o estudiaba?— criminología. Él ya construyó su historia, con 62 años, dos licenciaturas y una maestría. Ella nos dijo poco, él lo suficiente. Ella confesó su miedo y a él le gusta la adrenalina. El proyecto de la estudiante, hasta hace poco, cuando aún era jefa de la policía municipal, consistía en «evitar los delitos con la atención humana, conviviendo con la familia, atendiendo las necesidades y viendo por un mañana para los niños», explicó. Informó así que su misión era preventiva. El general en cambio anda de cacería matando zetas o chapos. Dice que no tiene que interrogarlos y que mejor le vayan a decir a San Pedro lo que hicieron. Las historias son de Marisol Valles García y Carlos Bibiano Villa Castillo, dos titulares de Seguridad Pública, ambos en el norte, donde la crisis de violencia e inseguridad ha terminado por dejar al estado y sus reglas al margen. Ella mantuvo el cargo por cinco meses en Práxedis G. Guerrero, Chihuahua, él dejó el de Torreón, Coahuila, al parecer para irse a cargo similar en Quintana Roo.

Dicen que los periodistas extranjeros se anotaban en una lista para esperar la entrevista con la entonces jefa de la policía Marisol Valles. Las palabras que ella les compartió, si acaso, se fueron en las grabadoras, sin eco por acá. El jefe policial Carlos Villa, en cambio, abrió de par en par las puertas a la periodista Sanjuana Martínez y el domingo 13 de marzo llegó a La Jornada un testimonio sin precedentes. Luego, si acaso alguien no daba crédito de lo que había leído, Carmen Aristegui reprodujo el audio de la entrevista. «El problema es que matamos uno y salen más, levantamos otra piedra y salen más… Nosotros tiramos a matar al narcotraficante», relata.

La salida de ella y la permanencia de él son noticia de cinco minutos. Sociedad adormilada y autoridades tolerantes. La mesa está puesta y en tal ambiente cualquier cosa sucede y sucederá. Póngase el cinturón porque esto va a estar movido. Ella pensó que podía ayudar a construir una comunidad sin poner en el centro el uso de la fuerza. Vengo a prevenir el delito, dijo. Meses después cruzaba a Estados Unidos pidiendo asilo. El general en retiro despachaba en Torreón y ahora lo llaman a Quintana Roo. Los que se quedan y los que se van. Más claro, ni el agua.

¿Quién cree en la prevención? ¿Quién en el combate cuerpo a cuerpo? No recuerdo que luego de informarse la partida de Valles el público levantara la voz para condenar el hecho. Los aplausos para el general llegaron a la cabina de Aristegui de inmediato, tan luego se escuchó el audio. Convoca mucho más alguien que dice ayudarle a Dios a decidir quién muere y quién vive, que alguien hablando de atender las necesidades de la gente para construir seguridad. Lo primero está de moda, lo segundo no. Hace poco escuché decir que a los países lo único que los salva es su memoria. Si es el caso, estamos perdidos. Villa y Valles fueron noticias de cinco minutos, nomás que él sí mereció aplausos.

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