La función simbólica de la ley

Columna de Ernesto López Portillo Vargas, director ejecutivo de Insyde, en El Universal, mayo 11, 2010

En México no existe un pacto social y político que haga valer la ley y las consecuencias de ello son devastadoras. Vivimos en una profunda esquizofrenia en la cual reconocemos formalmente la importancia de la ley, pero construimos nuestras relaciones hasta lo más posible al margen de ella. Vivimos en dos mundos: el primero es el de las formas y el segundo es el de las prácticas. Ambos tienen su relevancia específica porque canalizan demandas y resuelven conflictos. Veamos el primero, el mundo de las leyes al que llamo formal. Para el régimen político la ley funciona como referente simbólico de resolución de problemas. Es decir, tener y producir más normas crea una imagen según la cual el sistema político es capaz de solucionar los conflictos. Subrayo simbólico, porque no es importante demostrar que las leyes en efecto resuelven los problemas, lo importante es demostrar que se hacen las leyes. En esa tarea, los partidos políticos y las instituciones del Estado toman la forma de correas de una reproducción normativa que se justifica en sí misma. Dicho de otra manera, se hacen leyes porque se deben hacer; de ahí que las iniciativas que se presentan en el Poder Legislativo, en general no tienen soportes metodológicos que les imponen filtros de racionalidad técnica. Un legislador o legisladora se califica a sí mismo no por la calidad de las iniciativas que propone, sino por la cantidad. Nadie cuestiona el hecho de hacer leyes y reformas, o al menos nadie lo hace en voz alta. Nadie toma el micrófono y se pregunta para qué reformar la ley. Pero el valor superior del ritual es que la producción de normas procesa las diferencias entre las fuerzas políticas. En este sentido, el proceso legislativo puede ser visto como una dinámica de resolución de conflictos, entre actores políticos que sostienen incluso posiciones ideológicas radicalmente opuestas. Y el ciclo formal se cierra con el voto que aprueba una iniciativa, articulando así a las fuerzas políticas en un ritual cuyo valor no está en resolver o no los problemas prácticos, sino en crear la imagen de que los resuelve.

Vamos al otro mundo, el de las prácticas. Hablé el principio del texto de la inexistencia de un pacto social y político que haga valer la ley. Sostengo que el desvalor de la ley articula a la sociedad, tal como articula al régimen político. Desde luego las consecuencias de ese desvalor son distintas en cada caso, porque el ámbito de influencia de un ciudadano que viola la ley no es el mismo que el de un alto funcionario. Pero en mi análisis lo verdaderamente importante es que por igual para uno y para el otro, la ley tiene un valor menor. El basamento de la inexistencia de un pacto social y político que haga valer la ley está en la actitud, las opiniones y los valores de uno y del otro, todo alineado al desvalor de la norma. Lo que explica los grandes hechos de corrupción que todos los días vemos en las noticias, en el fondo es exactamente lo mismo que explica la conducta del taxista que viola cada línea del reglamento de tránsito. Insisto, las consecuencias son distintas, pero la actitud, las opiniones y los valores son los mismos, con respecto al escaso valor de la ley. En el terreno ciudadano opera también el ritual simbólico que reconoce el valor de la norma. Así como ningún político o funcionario pregunta a cielo abierto para qué sirve hacer leyes, en general tampoco lo hace el ciudadano. Pero las prácticas que articulan las relaciones entre los gobernados están reguladas por acuerdos que, en palabras de Antanas Mockus, renegocian la ley. El taxista que se pasa el alto cada vez que puede, deroga de facto la prohibición y a través de su práctica regular crea una nueva norma: Artículo 1º. Quien maneja un taxi se pasará la luz roja cada vez que pueda. La ecuación se completa cuando sobre tal conductor no opera una censura en el nivel social y tampoco en el terreno institucional. El taxista entonces lo hace todos los días y no pasa nada, por tanto, la práctica es una y la norma es otra. Ésta es la manera como nos organizamos como sociedad, como instituciones públicas y como régimen político.

El taxista entonces lo hace todos los días y no pasa nada, por tanto, la práctica es una y la norma es otra. Ésta es la manera como nos organizamos como sociedad, como instituciones públicas y como régimen político.