La insoportable igualdad

Columna de Ernesto López Portillo Vargas, director ejecutivo de Insyde, en El Universal, noviembre 9, 2010

Toda la evidencia disponible muestra que los mexicanos violamos las leyes de manera cotidiana y generalizada, por igual en los espacios públicos y privados. En esta sociedad no existe un pacto que en efecto organice nuestras conductas en torno a las normas formales que regulan la convivencia. En el terreno público, producimos leyes e instituciones al por mayor y las envolvemos en relatos que hablan de un Estado de derecho que funciona más bien de manera simbólica. En el ámbito privado, la convivencia también deposita en las reglas una expectativa igualmente simbólica, no real. Desde los ámbitos donde se toman las decisiones más trascendentales para el país hasta los espacios más pequeños de transacción de cualquier tipo entre los ciudadanos de a pie nos identifica la idea de que las reglas formales están a disposición. Así, las leyes que ya fueron producidas para ser cumplidas por todos, entran en una suerte de “mercado libre” donde cada quien, en función de los recursos y las oportunidades con que cuenta, decide si las obedece o no. Pero si nuestra convivencia no está hecha por la regularidad en el cumplimiento de la norma, entonces vale preguntar de qué está hecha. Para entender la debilidad de la ley tenemos que profundizar en los valores que fundamentan las relaciones. Mi hipótesis es que el esquema esencial de la interacción entre los mexicanos es la desigualdad. Sostengo que la convivencia pasa mucho más por reglas informales que por reglas formales, precisamente porque las primeras reproducen la desigualdad, mientras que las segundas se soportan justamente en un principio de igualdad, una igualdad que es insoportable en términos culturales. Me explico.

Mientras el Estado de derecho se funda en un principio de sometimiento de todos a la ley, nuestro tejido social se funda en un principio de disposición de la ley. Colisionan las normas y las prácticas porque están animadas por principios contradictorios. Mientras la ley nos iguala, las prácticas nos desigualan. Las prácticas son expresión de nuestra cultura y desde ésta las leyes aparecen como una construcción artificial antes que como reglas válidas. He sido testigo de ambientes donde priva el alineamiento entre normas y prácticas, pero certifico de manera reiterada su carácter estrictamente excepcional.

La igualdad nos es insoportable. Las rutinas que nos hacen iguales unos a otros, como puede ser algo tan simple como esperar un turno, resultan conflictivas y disfuncionales en un tejido social en donde imponerse a los demás es percibido como una oportunidad. Nuestras relaciones se articulan por medio de arreglos más pequeños o más grandes que aseguran la desigualdad. La privatización del espacio público es expresión visible de lo anterior; por ejemplo, en cada vez más calles de la ciudad de México estacionar el automóvil pasa por un arreglo con alguien que, sin estar autorizado para ello, decide quién sí y quién no tiene derecho al espacio. El arreglo entre el conductor y el llamado franelero es exactamente igual a todas las transacciones que en los espacios públicos y privados permiten la manipulación de la ley. Se multiplican sin cesar las renegociaciones de la norma, unos ganan y otros pierden.

Líderes de todo tipo vienen reiterando desde hace muchos años que México no saldrá adelante si no se abate la corrupción. En realidad, el concepto mismo de corrupción queda lejos de explicar la complejidad del sustrato cultural que está detrás de la debilidad de la ley. La corrupción es sólo un síntoma de una mecánica de relaciones que multiplica sin fin las complicidades de unos para imponerse a otros. Insisto en la relevancia de observar esto en los planos público y privado. A mi entender, la construcción de complicidades que nos hacen desiguales pasa por todo tipo de relaciones, incluyendo la familia. Si esta hipótesis es válida, requerimos una lectura histórica que nos explique cómo elaboramos esta desigualdad al paso del tiempo; de otra manera, no sabremos cómo desmontarla. El reto es descomunal.

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