Lo que el DF no quiere aprender

Todos quisiéramos que la inseguridad y la violencia fueran fenómenos de fácil comprensión y ágil solución. Sucede todo lo contrario, son extraordinariamente complejos en sus causas, maneras de manifestarse y mecanismos de contención. En general eso no se quiere aprender y el principal resultado es devastador: no se consolidan en las burocracias los circuitos profesionales, técnicos y de alta especialización que provean a los tomadores de decisión de plataformas de política pública, reforma institucional y programáticas pensadas para el mediano y largo plazo. No hay oxígeno político para la maduración técnica. La ciudad de México es ejemplo de lo anterior y así se muestra mediante ciclos que visibilizan la precariedad de la acción de gobierno, particularmente ante hechos extremos de violencia que llegan a la mirada de la mayoría. La desaparición de los jóvenes sustraídos del bar Heaven en la Zona Rosa es el más reciente detonador principal y la correspondiente reacción de las autoridades es el último recuerdo de lo que no se quiere aprender.

Lo primero que no se quiere aprender es que ante la inseguridad y la violencia la centralización de medidas policiales no funciona. El mundo lo viene aprendiendo rápidamente, el DF no. Apenas hace unos días, Guillermo Céspedes, vicealcalde de Los Ángeles, así me lo decía: “Aprendimos que de jar a la policía sola a cargo de la violencia era uno de nuestros principales errores”. El funcionario conduce la oficina de Reducción de Pandillas y Desarrollo Juvenil de la Alcaldía de LA, proyecto que ha logrado colapsar la violencia homicida entre jóvenes mediante una intervención integral, coordinada con la policía, pero centrada en la reducción de riesgos por medio de acciones sociales que reconstruyen las relaciones familiares, comunitarias y entre pandillas. “Cuando la alcaldía se apersonó en la escena del crimen y en los hospitales todo cambió, al principio la policía no nos quería pero luego aprendimos a trabajar juntos. La policía hace su trabajo y nosotros hacemos el nuestro; a nosotros nos toca parar la violencia. Antes un homicidio se convertía en 15 asesinatos por la venganza; nosotros interrumpimos la venganza”, afirmó Céspedes. Es una experiencia más de intervención integral que muestra por dónde sí y por dónde no.

Lo segundo que no se quiere aprender en el gobierno del DF es la dimensión subjetiva de la inseguridad, es decir, el problema del miedo. Recuerdo a López Obrador, en funciones de jefe de Gobierno, declarando a medios sobre la dificultad de enfrentar la percepción generalizada de inseguridad de los capitalinos. Hoy día siete de cada 10 se sienten inseguros. Se sabe bien que donde los delitos bajan puede haber más temor y viceversa. Ha pasado un gobierno de la ciudad tras otro, dejando al margen este hallazgo que ya tiene décadas entre el conocimiento explorado a nivel internacional. Aquí los funcionarios se quedan con su historia según la cual, si sus registros muestran que los delitos bajan, la gente debe sentirse más segura; y si no es el caso, pues el problema es de la gente, no del gobierno. Con ello se construye una versión oficial del problema que sólo le funciona a la propia autoridad. Temor, por un lado, y victimización, por el otro, es decir, cuánta gente tiene miedo y por qué, y cuántos son víctimas y cómo lo han sido —independientemente de si denuncian o no—, son fenómenos que se quedan afuera de la fórmula para la toma de decisiones. Consecuencia: si el diagnóstico está mal, la solución también lo estará.

Hay evidencia empírica según la cual la percepción de inseguridad está en parte asociada al desamparo que la gente siente, mismo que, a su vez, está vinculado a la desconfianza institucional. Mi hipótesis: si son las propias instituciones en las que se desconfía las que le dicen a la gente que el problema de la inseguridad es menor, entonces la sensación de desamparo crece. Por eso, cuando Mancera y su equipo disminuyen la dimensión de los hechos en el Heaven, terminan produciendo justo lo que no quieren: más inseguridad subjetiva. Y así vamos.

 

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