Los «negacionistas»

Columna de Ernesto López Portillo Vargas, director ejecutivo de Insyde, en El Universal, enero 9, 2011

La publicación del nuevo artículo de Fernando Escalante en la revista Nexos de enero intitulado «Homicidios 2008-2009. La muerte tiene permiso» muestra datos escalofriantes sobre la violencia que se sufre en México. Según el autor, la tasa nacional de homicidios saltó en dos años (2008 y 2009) de ocho a 18 por cada 100 mil habitantes. ¡En dos años se habría duplicado el homicidio en México! Pero el asunto es peor (si tal cosa es posible): los homicidios crecieron mucho más justo donde se desplegaron los operativos conjuntos ordenados por el gobierno federal. Escribió Escalante: «Sigue el ejército patrullando Tijuana y Ciudad Juárez y el resto de Chihuahua, sigue desplegado en Guerrero, Michoacán, Sinaloa, Nuevo León y Tamaulipas, y la tasa de homicidios para ese conjunto de estados se dispara: no sólo viene a ser mucho más alta que la del resto del país, sino que alcanza un máximo histórico, casi del doble de lo que fue en el año de mayor violencia en el periodo, hace 18 años». Chihuahua muestra el tamaño del desastre: «El Ejército comenzó a patrullar Ciudad Juárez el 28 de marzo de 2007. A continuación, se desplegó en el resto del estado. El año anterior al operativo la tasa de homicidios en Chihuahua había sido de 19.6 por cada 100 mil habitantes, en 2007 fue de 14.4, en 2008 de 75.2 y en 2009 de 108.5 por cada 100 mil habitantes».

En el centro de estos brutales hallazgos debemos ubicar la certeza de que las autoridades y la sociedad están totalmente rebasadas por la violencia. No aparece el proceso de evolución institucional y social que muestre el desarrollo de nuevas y modernas capacidades ante este fenómeno extremo. No aparece la acción colectiva eficaz contra la violencia. Recientemente, visitando el estremecedor museo de la memoria y la tolerancia, conocí el concepto de los «negacionistas», es decir, aquellos que niegan el holocausto. El término aplica de manera fiel a la posición que muchos, dentro y fuera de las instituciones públicas, han venido asumiendo ante la violencia en México. Estos «negacionistas», los nuestros, han hecho lo necesario para que no opere un proceso refundacional de las capacidades institucionales y sociales para enfrentar la violencia. Han hecho lo necesario para asfixiar la innovación, condenando a los gobiernos y los gobernados a jugar un rol de meros espectadores del desastre o de partícipes en la descomposición social que configura la violencia.

El texto nos cuenta que estamos en un país donde hay entidades federativas que concentran en una sola ciudad hasta el 70% de los homicidios y, sin embargo, la contención no llega. En otras palabras, ni siquiera donde es contundente la concentración del problema, las instituciones lo pueden al menos inhibir. Y las explicaciones no llegan, ni de lejos. El gobierno federal no ha mostrado algo parecido a una interpretación profunda del problema. La narrativa según la cual la violencia se explica por la intervención de las instituciones no tiene argumentos sólidos y Escalante reúne la evidencia de que la dimensión del problema no resiste tal interpretación banal. Y qué decir de la sugerencia criminal, implícita o explícita y reiterada de esperar a que las organizaciones delictivas se acaben entre ellas. Por su parte, los gobiernos estatales y municipales ni siquiera intentan colocar una explicación convincente ante sus gobernados. ¿Qué harán los «negacionistas» ahora? ¿Tratarán de meter bajo el tapete el desastre de esta bomba que ya nos explotó? Si la negación persiste, lo que sigue, gobierne quien gobierne, será la mera administración del caos y la consecuente inestabilidad creciente.

Siempre me ha impresionado la obsesión por el poder. Ahora me deja atónito mirar cómo llegan al poder «proyectos» que no incluyen lectura especializada alguna en torno a la violencia y que terminan por convertirse en grandes aparatos burocráticos dedicados a apagar los fuegos. Gobiernos de bomberos, parecen cada vez más. Doce nuevos gobernadores están iniciando o están por iniciar su mandato en estos meses. Por paradójico que parezca, ya saben qué deben hacer para fracasar: seguir aplazando la innovación. En una palabra, sumarse a los «negacionistas». Al tiempo.

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