Policía y sociedad: la otra vía

La pesadilla de inseguridad, delincuencia y violencia en México que nadie anticipó y aún avanza, ha llevado a muchos a entender que la fractura de la relación entre la policía y la sociedad simplemente hace imposible construir la paz anhelada. Mis entrevistas con líderes independientes, institucionales y políticos por primera vez tejen un continuo donde la mayoría acepta que la fórmula de la desconfianza recíproca entre ambas partes nos condena a todos. Es una nueva corriente de opinión surgida en buena medida desde la propia descomposición. Dijimos en una publicación dada a conocer en 1994 que no hacia falta más, sino mejor policía (Seguridad Pública en México, UNAM). Han tenido que pasar casi 20 años para ver acumularse opiniones que comparten esta certeza.

Lo cierto es que allende nuestras fronteras son muy pocos los países donde la confianza social hacia la policía es mayoritaria. La reforma democrática de la policía, aquélla que la coloca en relación de colaboración con el ciudadano, es, permítaseme la expresión, un verdadero lujo. Y no es así porque la reinserción social de la policía sea la ciencia más compleja, sino porque la policía tiene un origen histórico autoritario y son pocas las sociedades que construyen las presiones suficientes para refundarla en un paradigma democrático. En México puede o no puede suceder esto; pero lo que está fuera de toda duda es que si queremos comunidades donde sea posible ejercer los derechos y cumplir las responsabilidades libres de riesgos y daños, la policía y la sociedad deben trabajar juntas.

Seré esquemático en beneficio de la claridad; enfrentamos dos posibilidades: los responsables políticos y operativos de la policía pueden tomar decisiones que mantienen la desconfianza entre ésta y la sociedad, o bien pueden trabajar para reducirla en aras de la reconciliación. Para el primer camino, no hay más que repetir lo hecho. La policía que tenemos y la sociedad que somos reproducirán el rechazo recíproco con sólo mantener el statu quo. La primera, administrando sus propias deficiencias, conflictos, contradicciones y debilidades; la segunda, renunciando a proponer un nuevo significado para el quehacer policial y manteniendo al mismo en condición extrema de marginalidad. Este es el camino que nos llevó a donde estamos. Día a día, policía y sociedad negándose la condición de interlocutores y recriminándose mutuamente.

El camino de la reconciliación representa la verdadera refundación del paradigma policial. Implica colocar un nuevo filtro de racionalidad donde todas las preguntas en torno a la concepción, el diseño y la práctica policial pasan por un mismo medio de contraste: la construcción de confianza. Supone quebrar la autoreferenciación sobre la cual la policía se ha venido construyendo a sí misma, independientemente de su distancia con la sociedad. Bajo esta ruta, no es válido hacer las cosas de cierta manera porque así se han venido haciendo. Justo al revés, como en el proceso mismo de conocimiento, se debe poner todo en duda y desde ésta deben emerger las nuevas preguntas, discusiones, decisiones y acciones. Y así como en cualquier método de aprendizaje se recurre a la experiencia y el conocimiento disponibles, la ruta de la reconciliación entre la policía y la sociedad debe beneficiarse de cualquier caso donde se haya logrado. Después de todo, quien auténticamente se ha informado sobre esto, sabe que la confianza entre la policía y la sociedad impacta incluso en la mejora de la tasa de resolución de los más graves crímenes, como el homicidio, por la sencilla razón de que la mejor investigación policial es la mejor informada por la gente.

Ya tuvieron su oportunidad los rudos; los fanáticos de las armas, la tecnología, los uniformes y el espectáculo. Ya condujeron el barco quienes califican el tema de la confianza como un tema propio de visiones débiles de la seguridad. No se confundan, infórmense: no hay buena policía en democracia sin apoyo social; y por ahí pasa la seguridad. Al tiempo.

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