Policía y sociedad: la reconciliación

Ante la inseguridad y la violencia en México, una de las más claras señales de la debilidad de nuestra democracia es la masiva tendencia a favorecer el crecimiento de las medidas de control penal, dejando en segundo plano las acciones preventivas. Lo cierto es que buena parte del mundo es así; en general se invierte mucho más en castigar las violaciones a la ley y mucho menos en reducir el riesgo de que se lleve a cabo la conducta punible. Y es principalmente en la policía donde queda representado de manera simbólica el poder del Estado para aplicar castigos, independientemente de que ella por sí misma en realidad no tenga atribuciones para hacerlo. Domina así la percepción de que la mejor policía es la más eficaz para perseguir, detener y someter a quien infringe la ley, imaginario que conduce a la asociación intrínseca de la policía con el uso de la fuerza y las armas. Así emerge el estereotipo social e institucionalmente aceptado del policía tipo “robocop”.

Desde luego que la policía desplegada en la calle debe usar la fuerza y las armas para contener y someter la violencia privada que pone en riesgo o daña a terceros; la discusión no es ésta. La discusión es hasta qué grado esa tarea se coloca en el centro del quehacer policial. Aquí la evidencia empírica nos ayuda. Es de conocimiento explorado el hecho de que la inmensa mayoría de policías en México y en el mundo usa la fuerza física y particularmente las armas solo de manera excepcional. Aparte de los cuerpos especiales de reacción, el “robocop” está mucho más en la mente de la gente y en las películas y mucho menos en la realidad cotidiana (los escenarios sociales de violencia extrema son parte de la excepción referida). Quien dude de esto solo debe acudir a los estudios que han logrado reconstruir la rutina policial.

Hace muchos años que el Comité Internacional de la Cruz Roja, entre otras instituciones y expertos, ha venido ayudando a entender lo que en realidad significa el quehacer policial eficaz en democracia, explicándonos que las habilidades principales de quien realiza funciones policiales son la persuasión, la negociación y la resolución de conflictos. Hoy día el programa de policía comunitaria, en expansión en todos los continentes, coloca en el centro precisamente estas habilidades, todas las cuales quedan englobadas en una sola: la comunicación. Así es: la mejor policía no es la que más armas trae sino la que mejor sabe comunicarse. La fórmula es sencilla: en la vida real la demanda social que recae en la policía tiene que ver mucho más con lo segundo que con lo primero. Un policía promedio en la calle puede pasar incluso su carrera entera sin disparar, pero tal vez ni un solo día sin comunicarse con el ciudadano para darle un servicio. Pero veamos el asunto desde otro ángulo. Ahí donde la violencia domina, también se sabe que su contención es mucho más posible justamente si existe comunicación entre la policía y las comunidades, sobre la base de una agenda común de identificación de problemas y de construcción de soluciones. No por otra cosa la Policía Nacional de Colombia acaba de lanzar su Plan Nacional de Vigilancia Comunitaria por Cuadrantes, la de Río de Janeiro avanza en sus Unidades de Pacificación, mientras que la preventiva de la cuidad de México intenta acercarse a la gente también sobre una estructura de cuadrantes.

 Tengo recientes evidencias derivadas de la implementación de proyectos en varias entidades de la República mexicana que confirman la potencia de la comunicación entre la policía y la comunidad; estamos viendo la inmediata rectificación de actitudes en ambas partes, a propósito de diálogos que acaban con la indiferencia recíproca histórica. Estamos viendo a mujeres líderes vecinales agradecer a los policías, luego de haber hablado por primera vez con ellos. Bien entendido, el tema es de adecuados equilibrios; el uso policial de la fuerza y las armas es indispensable, pero nunca será la palanca principal del cambio sostenible para la seguridad y la no violencia. La plataforma del cambio está en la comunicación para la reconciliación.

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