¿Por qué la corrupción no cede?

En México somos verdaderos profesionales de la simulación. Por todos lados se habla del combate a la corrupción y por todos lados se vive con ella. Es peor, tenemos cada vez más mecanismos formales de control de la corrupción, crecen las iniciativas independientes que expresamente la censuran y, sin embargo, el fenómeno no cede. ¿Por qué?

Me referiré a la respuesta que propuse recientemente en un seminario organizado por la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso). Desde mi trabajo en favor de la construcción de comunidades seguras y libres de violencia, he venido observando con atención la manera en que convivimos. En este camino encontré marcos teóricos y experiencias de gobierno inspiradas en las denominadas cultura de la legalidad y cultura ciudadana. En ese marco visité Bogotá bajo la exitosa experiencia de gobierno de Antanás Mockus y entendí que él había modificado los términos de la discusión, anteponiendo la pedagogía social de la convivencia a los fenómenos de la inseguridad y la violencia. La reconstrucción de la convivencia ofrece una plataforma más profunda y amplia para trabajar en la contención de los resortes que abren las oportunidades de la inseguridad y la violencia.

La pedagogía social de la convivencia propone un andamiaje del cambio denominado acción colectiva, entendida como la articulación de esfuerzos hacia un objetivo común, organizados sobre dos principios básicos: responsabilidad y solidaridad. Confronté esta propuesta con nuestra realidad y acumulé una infinidad de ejemplos de acción colectiva fracasada. Cuando me pregunté por qué no logramos la acción colectiva apareció lo que denominé “la des-asociación por la desconfianza”. Aprendí que no somos en estricto sentido una sociedad porque en lugar de asociarnos nos des-asociamos al esperar del otro un daño, no un beneficio; o bien, nos asociamos sólo en pequeños círculos de confianza, dejando a la vida pública en la forma de un gran tejido de desconfianzas.

Cuando traté de descifrar la desconfianza construí una nueva hipótesis: no soportamos la igualdad. Convivimos en desconfianza porque pensamos en el otro como desigual y desde ahí elaboramos un tejido masivo de asimetrías signadas por el abuso. Así entendí a la corrupción como una de las palancas de diferenciación en la convivencia. Aprovechar bienes y servicios públicos para beneficios privados es como escalera que coloca a unos por encima de otros, experiencia que se masifica justo por la impronta cultural de la insoportable igualdad. La diferenciación opera de manera reticular, lo mismo para evadir la espera que otros hacen en una fila que para trucar una licitación del más alto valor.

No hay responsabilidad y solidaridad posibles —base de la acción colectiva— cuando el que mira al otro no lo acepta como igual sujeto de derechos y obligaciones. La corrupción no cede porque es puerta de acceso que multiplica al infinito la oportunidad de abusar del otro. No cede porque preferimos usar esa puerta que cerrarla y censurar a quien intente usarla. No por otra cosa hoy día seguimos sin fuerza política representativa alguna que abandere una propuesta creíble de censura a la corrupción. Y la gran potencia de la corrupción es justamente su disponibilidad masiva en la forma de oportunidad de acceso a privilegios. Por eso es tan popular entre nosotros justificar la corrupción propia mirando la del otro: “si otro lo hace, ¿porqué yo no?”. Falta ir cada vez más a fondo en el porqué de la insoportable igualdad.

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