Reforma policial: la vía internacional

En el 2002 publiqué un artículo donde propuse que México y la Organización de las Naciones Unidas acordaran un programa de asistencia internacional para la reforma policial en nuestro país. En aquel momento pensé que era necesaria una interferencia internacional constructiva para neutralizar la confrontación política que hacía imposible construir una política de Estado para la reforma policial. Diez años después regreso a esa propuesta. Habrá quien afirme que México no es el mismo y sus instituciones policiales tampoco. Es cierto, ahora el país está a la deriva en materia de seguridad y atestiguamos un embate sin precedentes por parte de la delincuencia organizada. Por su parte, la policía ha avanzado mucho más en el vaciamiento de su ya desde entonces escasa reserva de legitimidad social. Las dos últimas décadas son años perdidos. Las reformas legales e institucionales y el crecimiento exorbitante de presupuestos de los últimos años no han modificado la esencia de la debilidad policial, es decir, la ausencia de un proyecto de Estado que haga del quehacer policial una profesión socialmente legítima. Todo lo contrario, los poderes ejecutivos municipales y estatales han seguido administrando el conflicto al interior y exterior de las instituciones policiales, mientras el Ejecutivo Federal ha construido el más costoso proyecto policial de la historia sin permitir escrutinio externo especializado alguno. El saldo incuestionable es el siguiente: en general la policía en México está lejos de la sociedad y hoy más que nunca es un instrumento de soporte del empoderamiento expansivo de la delincuencia organizada. Y lo es porque funciona en su beneficio o porque hace lo que puede con lo que tiene y no logra enfrentarla.

A 10 años de aquel texto he aprendido que no importa de qué tamaño sean los problemas estructurales de nuestras instituciones policiales, los actores políticos más relevantes no se ponen de acuerdo en una misma plataforma de pensamiento y acción para hacer de ellas un espacio para el ejercicio de una profesión legítima. Esas instituciones en general son más bien arenas de privilegios para los menos y rutinas de sobrevivencia para los más que nada tienen que ver con la seguridad de los ciudadanos. Caricatura ofensiva y absurda de ello es cortesía del Ejecutivo Federal cuando, a siete meses de entregar el cargo, publica protocolos de uso de la fuerza inspirados en reglas internacionales vigentes hace más de 20 años. El contraste releva la necesidad de alguna otra evidencia: Calderón se puso el uniforme militar a sólo unos días de asumir el cargo y pensó en las reglas de control de la operación policial y militar a unos meses de dejarlo. La evidencia es irrefutable, no hay mapa de ruta para la reforma policial en México y además no se ve para el futuro inmediato porque ningún candidato se aproxima a tal cosa.

¿Dónde hay mapas de ruta de reformas policiales que nos puedan servir para construir el de México? Pregunté sobre esto a David Bayley, investigador de la Universidad de Albany, Nueva York, y quizá el más reputado estudioso de la policía en el mundo. Me contestó que el mejor ejemplo que conoce es el de Irlanda del Norte, porque se soporta en un plan explícito que contiene el mejor esquema de rendición de cuentas. El proceso de reforma está monitoreado de cerca mediante reportes de supervisión y los avances son validados en acuerdos entre todas las partes, mismas que han alcanzado consensos sobre el éxito alcanzado. Hay lecciones desde esa reforma, me dice, pero la mayor de todas es que los estándares de éxito son muy altos. Otras fuentes informan que se trata de un proceso que ha llevado a la policía del 20 al 80% de confianza social. Irlanda del Norte soportó su reforma policial en un acuerdo político mayor y diseñó estructuras de gestión del cambio que dieron espacio protagónico a la experiencia extranjera. Ese país neutralizó la contaminación política del proceso en parte gracias a la asistencia externa y tuvo éxito. Mi propuesta para México, 10 años después, es más vigente que nunca.

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