Seguridad: la degradación sexenal

Para todo efecto práctico, el mandato del presidente Felipe Calderón ha concluido. Ya es posible calcular saldos en cualquier sector. Para el caso de la seguridad, la consistencia del titular del Ejecutivo federal ha sido en verdad sorprendente. Inicia y termina haciendo y diciendo básicamente lo mismo. Parece que jamás hubo dudas y si las hubo nunca se mostraron. Calderón decidió usar la fuerza del Estado al máximo despliegue posible, contra la violencia de la delincuencia organizada. Desde aquel exceso simbólico de la vestimenta militar en Michoacán, a unos días de asumir el cargo, y hasta el día de hoy, el Presidente encarnó la representación de una visión reactiva llevada al extremo. No hubo quién se lo dijera o no escuchó a quien le dijo que el desequilibrio entre reacción y prevención ha mostrado su fracaso de manera reiterada en el mundo entero. Luego de la mitad del sexenio, Calderón incrementó su discurso en torno a la integralidad de las políticas de seguridad, hasta lanzar a su vocero a una defensa de la estrategia contra el crimen que no resistió el menor análisis. Alejandro Poiré nos dijo que había políticas integrales porque había inversión social, como luego lo hicieron varios secretarios del gobierno federal, sin atinar alguno de ellos a explicar cómo concluían que gasto social más despliegue policial y militar es igual a política integral. Con ello se confirmaba la ausencia de algún modelo y metodología modernos propios de una política integral y democrática de seguridad.

El gran saldo es terrible: el perfil sexenal representa la degradación de la política pública de seguridad en una estrategia operativa. Tal es el fondo que explica lo sucedido. Y no es que Calderón, cuando llegó, haya encontrado una política pública como tal, para luego llevarla a menos. Lo paradigmático del asunto es que Calderón tampoco la construyó y encima agregó la centralización del concepto de estrategia para, con el mismo, ofrecernos la etiqueta que ahora nos lleva a esta suerte de síntesis histórica. Vaya paradoja, él recogió el problema como nadie antes y al mismo tiempo representó su más extrema simplificación. En términos orgánicos, es en la Secretaría de Seguridad Pública federal donde se alojó principalmente la ecuación errónea. Fue así como la estrategia policial encabezada por el titular de esa dependencia selló el destino del sexenio. El problema no fue que se invirtiera en la creación de la Policía Federal o que se construyera una plataforma tecnológica sin precedentes. El problema fue que la operación policial en el ámbito civil y de las Fuerzas Armadas en el militar se sobrepuso a la construcción de la política misma que, desde un espectro amplio, habría dado sentido, equilibrio y contención a la estrategia operativa. La degradación funcionó, la seguridad no.

El sexenio que termina es una intensa representación simbólica del vacío técnico que nos tiene, luego de más de 20 años de iniciada la crisis de temor, violencia e inseguridad, sin un diseño y operación articulados y multiagencial en efecto capaz de demostrar la relación positiva de causa-efecto entre intervenciones del Estado y la crisis misma. A la ausencia de la política pública integral soportada en resultados y evidencias, le acompaña la centralización del despliegue operativo que, por si fuera poco, tampoco cuenta, en su propio nivel, con un contexto técnico de evaluación empírica que revele lo que en verdad provoca, ya sea en favor o contra la seguridad.

Si la o el próximo presidente de México no opera en sentido contrario, es decir, construyendo la política pública integral y democrática y por esa vía revirtiendo la degradación que centraliza la estrategia operativa policial y militar, entonces inseguridad, violencia y delincuencia seguirán reproduciéndose, incluso a consecuencia de la propia intervención armada del Estado. Estamos al límite. Al tiempo.

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